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El Criptarca
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Temporada del Alba

Destiny 2 · Relato web

La prenda

Relatos web · Temporada del Alba

Temporada del Alba · 4 de diciembre de 2019

Jasleen tenía nueve ciclos de edad. Desde lo alto de una colina, observaba el paisaje arrasado y ceniciento. Horas antes, aquello había sido su aldea. Antes de que llegara el queche caído con sus caminantes. Estos se encontraban igual de destrozados, reducidos a un trío de cascarones metálicos humeantes en el centro de la aldea.

Pero Jasleen seguía viva, al igual que sus padres y sus vecinos, gracias al titán que patrullaba la región.

Ese portaluz, un gigante con traje de hierro, observaba con curiosidad mientras el padre de la niña intentaba, en vano, hacer fuego entre la humareda que levantaba. Su madre contemplaba en silencio los rescoldos de lo que había sido su hogar.

Juntos, esperaban a que el resto de aldeanos regresara con la cena. Seguramente, bayas silvestres de la zona.

"Deberíais venir conmigo", les dijo el Portaluz a los tres. "La humanidad debe permanecer unida. Bajo el Viajero se están formando los cimientos de algo. Dejad que os lleve hasta allí".

"No podremos llegar", gruñó el padre de Jasleen mientras el taladro de arco se le escapaba de las manos. "No nos podemos permitir el lujo de soñar como haces tú".

"Yo os protegeré", dijo el titán.

El padre de Jasleen ignoró el comentario. Su madre, también.

"Mi vecina dice que los escorias se comen a los niños", dijo Jasleen para romper el silencio.

"Lo he visto", replicó el titán.

"Lo siento por ellos. Por los escorias".

El titán bajó los ojos, la observó por un momento y luego paseó la mirada por las ruinas de sus vidas. "¿Qué es su sufrimiento comparado con el vuestro? Vosotros lo habéis perdido todo hoy. Y aun así, ha sido un buen día, tal y como están las cosas".

La chica estiró el cuello para mirarlo. "¿Qué quieres decir?".

"¿En qué sentido?".

"¿Por qué ha sido un buen día?".

"No he llegado demasiado tarde para ayudar. Hoy no he muerto...".

"¿Te preocupa morir?", lo interrumpió ella.

"Lo que me preocupa es no poder ayudar".

"¿Alguna vez has perdido un combate?".

"Más de los que soy capaz de contar. Yo no soy Ikora Rey, ni Radegast".

"¿Quiénes son esos?".

"Guardianes, como yo".

Jasleen hizo un gesto de indiferencia, encogiendo unos hombros escuálidos bajo una túnica harapienta. "No pasa nada. Tú eres mi favorito".

"Nosotros nos acordamos de los que nos ayudan".

"¿Alguna vez te ha ayudado alguien a ti?".

Él asintió. "Sí. Desde luego".

"¿Quién fue? ¿El Orador?".

Se lo pensó por un momento antes de contestar. "No, un guardián, como yo. Me salvó de los caídos cuando era joven, cuando había perdido a quienes se suponía que debía proteger. Ese guardián es el motivo por el que la humanidad debe reunirse bajo el Viajero".

Jasleen enarcó una ceja. "¿Qué quieres decir?".

"La Luz y el Espectro de ese guardián me mostraron una visión del potencial de la humanidad. La Tierra que hay bajo el Viajero se convertirá en un lugar seguro. Yo...".

El grupo que había salido a buscar comida volvió con unos conejos. Aquella noche comerían bien.

Cuando su madre y su padre se fueron a preparar la cena, Jasleen desató el lazo que le recogía el cabello y le hizo un gesto con la mano al guardián para que se acercara. Empezó a cubrir el guantelete del titán con la cinta. "Creo que esto me va a llevar un buen rato", dijo ella.

"Es posible". Bajó la mirada para contemplar su brazo. "Llevaré esto en recuerdo de este día".

"¿Cómo te llamas?", le preguntó ella.

"San", dijo él.

"No lo olvidaré".


Una mujer con las manos nudosas y la cara ajada se sentaba sola en un diván, disfrutando de la tenue luz sobre esas ruinas de la Edad de Oro. Contuvo la tos al ver los antiguos monitores en las paredes y el techo que guiaban a los visitantes hasta oficinas vacías, de personas que llevaban mucho tiempo muertas.

Aquel lugar era frío, silencioso y oscuro, y la mujer intuía que debía irse. Pero justo afuera, más allá de las puertas que tenía detrás, una tormenta regaba de lluvia ácida las calles de una ciudad muerta.

Llevaba semanas viajando y ese día se había comido la última conserva sellada de manera hermética que había sacado de una máquina expendedora a unos kilómetros de allí. Si hubiera podido regresar, lo habría hecho; se había llevado todo cuanto era capaz de cargar, pero en la máquina quedaban muchas más cosas. La vida en la Edad de Oro debía de haber sido el paraíso.

En aquel momento no tenía hambre ni sentía miedo. Aquello era un extraño cambio de ritmo... Agradeció mucho el respiro.
La sala se alargaba unos cientos de metros por delante y se ramificaba en hileras e hileras de puertas que llevaban quién sabía dónde.

En aquel edificio había espacio suficiente para albergar a un millar de familias. Por un momento, deseó que su hija y la hija de su hija siguieran allí, con ella. Habían empezado el viaje juntas hacía meses, desde Varuna, pero ella les había insistido en que se adelantaran y les había dado su parte de las provisiones. Las provisiones pesaban, y ella era demasiado lenta.

Se rumoreaba que un asentamiento humano estaba creciendo bajo el Viajero, y el plan acordado era reunirse allí.
El plan acordado, al menos. Se frotó las manos para quitarse el frío del cuerpo.
Y tosió.

De inmediato, algo chirrió en un extremo de la sala. Una puerta se abrió de golpe, seguida por los sonidos de un rápido correteo.

Se levantó del diván y retrocedió poco a poco mientras sacaba un cuchillo rudimentario de plastiacero de una funda que llevaba atada a la pantorrilla. Cinco figuras de ojos brillantes salieron de la penumbra y echaron a correr tras ella, blandiendo armas. Dos corrían como hombres, enormes y de cuatro brazos, y dos eran más enjutos y gateaban casi pegados al suelo. El último era pequeño, del tamaño de un humano. Profirió un aullido que no habría podido salir de ningún nacido en la Tierra.

La mujer deseó que su hija y su nieta siguieran vivas y levantó el arma en un saludo quedo.

Las puertas corredizas que tenía detrás se abrieron de un soplido y un disco violeta cortó el aire por encima de ella, silbando como una espada desenfundada. Tres de aquellas criaturas se disolvieron en un vacío aullante cuando el disco de Luz recorrió el pasillo, rebotando entre las paredes.

Cuando la mujer se volvió para mirar por encima del hombro, le saltó por encima un monstruo de hierro iluminado con una bullente energía de vacío.

Se movió con una gracilidad impropia para su tamaño y cogió a una de las bestias supervivientes cuando esta se abalanzó sobre él. Echó la cabeza hacia atrás y ¡pam! El bicho perdió todas sus fuerzas cuando le aplastó el cráneo con la cimera del casco. Su acompañante arremetió con una espada de arco chisporroteante, pero él dio un paso atrás, le pegó una patada en la rodilla para ponerlo a su altura, se volvió a echar hacia atrás y ¡pam! ¡Pam! ¡Pam! Atravesó el casco alado de la bestia con el suyo. Esta cayó, muerta.

El pasillo se sumió en el silencio.

El hombre se volvió y le preguntó en voz baja: "¿De dónde sales tú?".

"De Patch Run", respondió la mujer.

Él asintió. "Lin me envía a buscarte".

La mujer se rio y envainó el arma. "Se suponía que debía llegar al Viajero".

"Y ha llegado. Lo ha logrado", respondió él. "Las dos lo han logrado". Levantó la mano blindada, en la que tenía envuelta con firmeza una tela morada, y pulsó un botón del casco. "Una hipernave estará aquí en breve. Te llevaremos a casa".

"¿Quién te dio esa cinta?".

"Una vieja amiga. Es probable que ahora tenga tu edad".

"¿Cuánto tiempo viven los tuyos?".

"No lo sabemos".

La mujer lo observó y luego se arrancó un trozo de manga color lavanda. Dio un paso al frente y se lo ató a un gozne de la hombrera.

"¿Qué es esto?".

"Tu amiga es lista. Si te dejo esto puesto, viviré para siempre".

A él se le escapó una risita. A ella no.

"Deja huella en este mundo", le dijo. "No pierdas el tiempo que tienes".

"Sí, señora", contestó él.

Se quedaron callados un momento.

"¿Nada de esto te molesta?", le preguntó él, haciendo un gesto con la mano hacia los cuerpos y la tormenta que azotaba el exterior.

"Todo me molesta", dijo ella, mientras se volvía sentar en el diván.

"¿Me repites cómo te llamas?".

"Mei".

"No lo olvidaré".

Mientras esperaban, escucharon la lluvia.


Tres niños, dos chicas insomnes y un chico humano, yacían dormidos en el terraplén de la muralla de la Ciudad. Sustituían a sus padres, miembros de la milicia voluntaria de la Ciudad. No tenían edad suficiente para llevar armas, pero el chico aferraba un conmutador de seguridad a distancia a que alertaría a todos los guardias del distrito.

Aunque para activarlo tenía que estar despierto.

Así que San-14 montaba guardia por ellos. Se iría cuando empezara la ronda de patrullas, por la mañana.

Los chicos se despertaron cuando el sol irrumpió en el horizonte. Fingieron no haberlo visto, pero, cuando una chica rompió un pañuelo en dos y ató una mitad a la hombrera del titán, los otros dos hicieron lo mismo con tiras de paño y tela.

Les preguntó cómo se llamaban, pero se suponía que no debían decir su nombre a desconocidos y se separaron de manera cordial.


El titán subió de un salto a los restos humeantes de una aeronave hecha con piezas de otras naves, una de clase Arcadia estropeada e incapaz de salir de la órbita, y arrancó la cubierta de la carlinga de polímero de la Edad de Oro.

Sacó a un asustado insomne de la cabina del piloto mientras lo que quedaba del motor de la nave chisporroteaba y rugía. Con el insomne en brazos, el guardián saltó con destreza del armazón arcadio y se alejó a toda velocidad de los restos. El cañón de choque que derribó la nave había iniciado una reacción de arco en cadena en las células de energía del motor que...

La onda de choque lo alcanzó y lo lanzó por los aires. Dio una voltereta en el aire para caer de pie y soltó al piloto mientras una cúpula de Luz los envolvía. Una cellisca de restos y metralla rodó por el Amparo del alba del titán.
A medida que la lluvia de metal amainaba, también lo hacía la Luz del guardián. Los dos se incorporaron. El titán sacó un Daystar SMG2 de una funda que llevaba en la espalda, comprobó que estaba cargado y se lo ofreció al insomne. "Estás de suerte. Los caídos te han disparado a treinta kilómetros del Viajero. No volverán a molestarte. Ve hacia el sur", le indicó, y se dio la vuelta para irse. Pero el piloto le dio un golpecito en la hombrera de metal.

"¿Sí?".

El piloto se desató un pañuelo que llevaba en la muñeca y le tendió la tira de tela color ciruela.

"Estarás de broma".

"No tengo nada más para darte", dijo el piloto. "Esa nave era toda mi vida".

El titán bajó los ojos para mirar al hombre. "Has encontrado una nueva vida. Ve hasta el Viajero".

"Da mala suerte no darle a San-14 lo que se le debe".

San cogió la tela. "¿Cómo te llamas?".

"Georges", contestó el piloto.

San se volvió hacia el desierto.

"No lo olvidaré".


San se encontraba de pie en el portal del Bosque Infinito.

Los Seis Frentes. La Grieta del Crepúsculo. El Pasaje de Boyle. La ruptura de las armas de la lluvia.

Otros guardianes siempre parecían recordar dónde y cuándo habían encontrado los engramas que revelaban las piezas más valiosas de sus arsenales. Los Gjallarhorn y las antigüedades de la Edad Oscura. A él le costaba hacerlo.

Pero sí que era capaz de recordar cómo se llamaban todas las personas que le habían dado una prenda en el transcurso de su carrera como guardián.
Las prendas cubrían cada recoveco de su armadura. Adornaban su nave, la Paloma Gris.

Nunca había hablado de ellas y, mientras levantaba la mirada para contemplar el campo traslúcido que tenía frente a él, lamentó no haberlo hecho.


Nunca encontré a Osiris, pero he matado suficientes vex para acabar una guerra. Y ellos, como respuesta, endosan un fatal golpe: completaron una Mente con la única función de drenarme la Luz. Funcionó muy bien.

No te preocupes. Aunque no sueles hacerlo. Les llevó siglos hacerla, conectada a la singular frecuencia de mi Luz. Y estoy sentado sobre su maltrecha carcasa.

Temo que nunca alcanzaré las metas que has conseguido. Representas todo lo que un guardián puede llegar a ser. La tuya es una Ciudad floreciente. Tan distinta de la mía. He pasado mi decimocuarta vida luchando para hacer tuya mi ciudad. No terminé.

Esta arma es lo único que tengo. Los criptarcas dicen que la forjaste tú, a partir de piezas, Luz y pura fuerza de voluntad, dentro de la Fragua infinita. Me aseguraré de que la recuperes. Cuando me la diste, juré seguir tu ejemplo.

Sigo intentándolo.

(San-14)


Panoptes, la Mente Infinita, había muerto.

Igual que San-14.

Osiris bajó la mirada para contemplar los restos de su amigo.

El Bosque Infinito resplandecía a su alrededor.

Los vex habían construido un tablado para llevar el cuerpo de San-14. Habían despojado al titán de su Luz. Su armadura no mostraba ninguna herida mortal. Quizá la habían reparado.

Saguira proyectó un rayo de Luz sobre el cadáver.

"San llevaba estos galones siempre encima", susurró.

"Decía que eran sus 'prendas'", respondió Osiris.

"¿Para qué servían?".

Osiris permaneció callado un rato largo. Se quedó sentado, contemplando la tumba.

"Nunca se lo pregunté".

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Sonando