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El Criptarca
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Historias de los olvidados, vol. 3Capítulo 12 / 33

Capítulo 12

Qué nervios —qué miedo— pasé cuando me contaron que estaba aquí, aunque solo fueran sus restos. E incluso así, pensé que saberlo —y no decírselo a nadie, en ningún lugar— me haría perder la cabeza. Pero decían que confiaban en mí. Decían que podía con ello. Yo también decía lo mismo y, desde donde estaba, observaba en silencio.

Durante muchas noches mantuve mi vigilancia, mi distancia. No me vería, no me sentiría, no me conocería. Tenía el convencimiento. Pero, ahora que lo pienso, él también.

Bum, bum, bum.

Entonces, lo oí: un suave y rítmico golpeteo. Como un tambor incesante que me conminaba a seguirlo. Son roedores o el viento, me decía intentando calmarme mientras buscaba una explicación lógica.

Deseaba estar lejos de aquí.

Pero ellos decían que confiaban en mí. Yo decía que podía con ello. Y ellos también estaban convencidos, así que me encargaron mi propia vigilancia.

El sonido regresaba una y otra vez, hasta que perdió la paciencia y empezó a intensificarse. Alto y claro, me inundaba la cabeza, rugiendo y reverberando.

El latido de un corazón.

Debo verlo, sentirlo, conocerlo. No sé cómo entró este pensamiento en mi cabeza, pero allí se quedó eternamente.

Bum, bum, bum.

Puse la mano sobre su receptáculo.

Bum, bum, bum.

Lo sujeté allí, entre las manos, y grité a la profunda y sofocante oscuridad.

(Fragmento de "El corazón desolado")

Sonando

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