Ágape
Cañón de mano · LeyendaIlimitado, sin condiciones.
La primera vez que se enamoró, Rebecca tomó la decisión de vivir para siempre.
Tenía ocho años y acababa de descubrir lo que era un caballo. Jamás había visto algo así; los músculos y la piel resplandecían, y la larga crin descansaba sobre su cuello curvado. Le dijeron que era demasiado joven para aprender a montar, lo que le produjo una profunda sensación de frustración: si podía ser demasiado joven para algo, también podría ser demasiado mayor. Eso era lo que le preocupaba cuando apenas acababa de descubrir lo que era preocuparse.
¿Cómo podía vivir eternamente?
Rebecca volvió a tomar la decisión de vivir para siempre la segunda vez que se enamoró. Tenía dieciséis años y había descubierto un libro con una historia inolvidable, cuyas gloriosas palabras la obsesionaban y le alegraban el corazón. ¿Cuánto se tardaba en contar una historia como esa? ¿Y en contar diez, o incluso cien o más? ¿De dónde sacaba alguien suficiente tiempo para expresar todo el amor de su corazón?
Se enamoró cientos de veces más. ¿Acaso tenía algo de malo? Sentía demasiado anhelo como para serle fiel a una sola cosa. Coleccionaba amores como una urraca reúne todo lo que brilla: caracolas e imanes, jardines, la penicilina, los bordados y el canturreo eléctrico de la computación cuántica.
El polvo de las estrellas.
Rebecca se asomó al corazón del universo y solo pudo amarlo sin medida; no era más que una mota, pero ella y su amor habían emanado de él. No esperaba que el universo le correspondiera. La verdad es que no esperaba nada de él, salvo que le permitiera comprenderlo si le dedicaba tiempo.
El tiempo nunca es suficiente.
Cuando descubrió el tiempo, era décadas mayor y estaba a un mundo de distancia de su hogar. Lo encontró oculto en las matemáticas como una brillante telaraña, en las leyes de la física curvadas bajo la fuerza de su propia existencia; había cruzado las estrellas para estudiarlo. Era el oscuro espejo mediante el cual pretendía comprender su verdadero amor.
Lo hilaba como la luz de las estrellas en un huso, con ella misma como contrapeso, siempre hacia arriba; el hilo se movía de su mano a la rueca, de la carne a la materia oscura.
Rebecca planeaba amar este universo hasta que se desenmarañara, hasta que no quedase nada por entender, hasta que no hubiera espacio para nada más en la húmeda materia de su cerebro y el rojo palpitar de su corazón. ¿Acaso no era esa la responsabilidad suprema del amor? Comprender más que nadie.
