Atazagorafobia
Arco de combate · LeyendaDe día se juguetea, de noche se baila.
Los dragones de los deseos se elevaron por el aire por última vez, volando con agilidad entre los pilares con alas de luz prismática. Sjur Eido observaba sus reflejos pálidos y sinuosos sobre la superficie de las geodas.
Habían pasado muchos años desde que Huginn y Muninn llegaran por primera vez a la ciudad llenos de la pasión y astucia que caracteriza a los suyos. Durante la mayor parte de esos años, Sjur los consideró sus amigos. Se alimentaban sutilmente de su deseo de recibir noticias de mundos más allá del Arrecife y tejían verdades y mentiras con el entusiasmo de entregados cuentacuentos.
Pero ahora la Caza había sido convocada y solo quedaba un camino hacia el futuro.
Sjur se quedó esperando en el centro de la cámara. Tenía los dedos alrededor de la empuñadura de su arco y la cabeza agachada.
Finalmente, los Ahamkara aterrizaron a ambos lados de ella, perfumando el aire.
"¿No estás contenta?", preguntó Huginn sorprendido.
"¿Acaso existe alguna historia sin final?", dijo Muninn.
"¿Y puedes volver a contarla cuando ya se ha terminado?", dijo Huginn.
"Seremos tan verdaderos y sólidos como el hueso, para siempre". Muninn dio un gran bostezo y sus colmillos rechinaron.
"Retórica", murmuró Sjur.
Los iba a echar de menos de todas formas, y a su brillante curiosidad y su sabiduría imposible. La fugaz elegancia de las armas envainadas deliberadamente.
Todo ello se iba a perder en un momento de rendición funesto. A no ser que…
Huginn inclinó la cabeza. Muninn separó las mandíbulas para lucir una sonrisa con colmillos.
Sjur se irguió. Tenía un cuchillo fractal en la cadera, el que la reina le había regalado de su propio arsenal. En las manos, su gran arco.
"Venid, entonces", dijo mientras sacaba una flecha del carcaj. "Brindadme una pelea memorable".
