Blasfemo
Escopeta · Leyenda"La lógica es ineluctable: aquellos que perecen merecen el olvido". (Kuldax)
El foso. El abismo donde la luz muere y la Luz es un pecado mayor que la herejía. Allí, en palacios color carmesí de legiones antiguas donde los maquinadores de la ruina observan con atención la dura caricia de la bella matanza. Allí, donde los ejércitos de la médula se enfrentan por la honrada gloria del olvido o su opuesto: la evolución a través del dolor, la evolución a través de la fuerza de voluntad y la destrucción de todos los considerados indignos por el poder de la hoja, el puño, el talón, los dientes y las uñas. El foso. El paraíso hundido de sangre y polvo donde se homenajeó una vez a un Príncipe con el regalo del exterminio y donde su espada quedó roma por el hueso rígido del violento sacrificio. Allí, donde un Enjambre perdido buscó a un nuevo Rey de las Profundidades, Señor del Caos y la Ruina. Allí, en ausencia de aquel que gobernó las formas, donde ese Enjambre Oculto resultó no ser digno del don de la lógica, donde ningún campeón podía resistir, donde una Hija desconsolada contempló el pecado y no vio la perdición, sino la mentira desesperada del prójimo. Allí, en las cámaras más recónditas de la decadencia, la orgullosa Hashladûn dio con la salvación en la deformación de la verdad de la lógica. El foso. El vacío sagrado donde las Hijas del Quebrantamundos, las queridas Nietas del poseedor de voluntades, rechazaron la lógica. Allí, donde un campeón destrozado, un error según todas las leyes sagradas, resucitó. No para gobernar, sino para asegurar que un linaje hecho trizas reclamara un trono quebrado por la fuerza, las mentiras y la guerra; una unión de Tres. El foso. El templo donde el poderoso Zulmak luchó, murió y resucitó. Ya no era un campeón; ya no era más que la muerte nacida de las mentiras y recreado para conquistar la vida hasta que la vida ya no existiera.
