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El Criptarca
en

Chaquetero

Cañón de mano · Excepcional
Aprieta el gatillo. Sacia tu apetito.
Lore

Traidor. Traidor incorregible.

"Cállate", musitó Churnbower. Cerró el puño en torno al asa de la funda del arma, como si quisiera asfixiar la pesadilla que se ocultaba en su interior.

¿Te arrepientes? Ya es tarde: estoy dentro de tu cabeza, Churnbower. PUEDO DECIR LO QUE QUIERA.

Churnbower tropezó y se llevó la mano vendada y ensangrentada a la cabeza.

El calor que sientes en las venas soy yo. Tú me has devuelto la vida. Ya no puedes deshacerte de mí.

"Cállate".

Una técnica se le acercó: "Director, ¿te encuentras bien?".

"Vuelve a tu puesto", le bufó. "O te abro un expediente". A ella le cambió la cara y luego su expresión dio paso al enfado. Los otros técnicos asistieron con sorpresa y curiosidad al exabrupto.

¡Menuda escenita! ¿Cuál de ellos le dirá a nuestro Señor lo que has hecho?

Churnbower sentía que le latía la herida de la mano. "Basta", gimió. Unos glifos invadieron su campo de visión, como un eco de las horrendas marcas que había grabado en su arma. Soltó un quejido.

Hazme otra ofrenda: libérame. Empúñame y aniquilaré a todos esos cotillas.

Churnbower ignoró la voz del arma y las oleadas de náuseas y ansiedad. Tenía que ser valiente. Se paró frente a la estación de contenedores de seguridad a la espera de un carro que llegaba zumbando levemente; uno de los cargueros de distribución de Tex Mecánica con los envíos del día. Dejó el arma en un contenedor, cerró la tapa e introdujo el nombre del destinatario: el comandante Zavala.

Vaya, vaya! ¡Empieza a correr, traidor!

El carro salió deslizándose. El arma se echó a reír.

Sonando