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El Criptarca
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Código de Ignición

Lanzagranadas · Leyenda
"Con un lanzagranadas, puedo descodificar cualquier cosa". (San-14)
Lore

Arrha cargaba un contenedor metálico desde el transbordador hacia el caótico campamento elixni. Avanzaba despacio, intentando igualar el paso de sus desnutridos compañeros. Aunque había ayunado durante el viaje, Arrha sabía que su sólida estructura seguía llamando la atención. Temía que eso pudiera delatarlo como el impostor infiltrado que era, aunque fuera vestido de desertor de la Casa de la Salvación.

Al aproximarse a la Tierra, Arrha se sintió sobrecogido. Desde allí arriba, la Última Ciudad parecía una perfecta ondulación de Luz, causada por la presencia impasible de la Gran Máquina. Arrha se preguntó, por primera vez en su vida, si la Araña se equivocaba con respecto a los guardianes.

Pero sus dudas desaparecieron en cuanto salió del transbordador. En lugar de vivir en una luminosa ciudad de cristal, los elixni estaban apelotonados entre las ruinas de los bombardeos de una antigua zona de guerra. La zona que les habían permitido ocupar parecía estar a punto de desmoronarse.

Arrha se rio con desdén para sí mismo. ¿De verdad creen los guardianes que los elixni pueden pacificarse con tan poco? ¿Creen que van a conformarse con vivir bajo las botas de la Vanguardia y que se van a conformar con las sobras? Quizá lo hagan algunos necios, como Misraaks o su cría, que, a fin de cuentas, fue educada como insomne, o algunos cobardes, como el tejedor hueco.

Pero el beneplácito de la Araña no se puede comprar tan fácilmente. De hecho, pensó Arrha, la Araña podría hacerse con el control de este asentamiento en menos de un año. La generosidad y la buena fe de la Casa de la Luz pronto quedarían aplastadas bajo el peso de la codicia y la arrogancia, como siempre. Y, cuando el sindicato de la Araña se afiance, la Vanguardia lo pagará caro. Pagarán con su lumen, sus armas, su éter y su sangre.

Sonando