Colmillo Homicida
Escopeta · ExcepcionalEl miedo ni sueña ni tiene dientes.
Los repudiados se apiñaban alrededor del foso, dándose empujones para poder ver a los combatientes. Sin ser conscientes, se apuñalaban unos a otros con navajas y trozos sueltos de armadura. La carne desgarrada apenas se distinguía entre tanto frenesí.
En el foso, dos resurgidos daban vueltas en círculos. Una arrastraba una maza abollada por el suelo, abriendo surcos a su paso. El otro blandía una guja oxidada de origen insomne.
Los resurgidos sacudían sus armas con movimientos amplios, sin intentar bloquear los ataques de su oponente. Su reciente transformación los había dejado desorientados y los había privado de toda coordinación. Lo único que sabían era que debían eliminar la silueta antaño conocida que tenían delante.
Después de unos segundos de bamboleos desordenados, la maza se hundió en el lado izquierdo de la cara del resurgido con un crujido. El combatiente sin rostro se tambaleó y siguió golpeando a ciegas, hasta que su oponente volvió a golpearlo, esta vez en la parte posterior de la pierna, e hizo que se desplomara sobre el suelo.
Los espectadores rugieron y rodearon rápidamente al resurgido que había caído para empezar a arrancarle pedazos de carne. Pronto, solo quedaron trozos sueltos y una espesa neblina de éter oscuro.
Conforme se fue calmando la situación, un sonido procedente de otra parte de la fortaleza atravesó la arena. Era ligero, fluido e inquietante. Los repudiados bajaron el ritmo hasta detenerse por completo. Algunos se tambalearon levemente mientras intentaban identificar el ruido. Les resultaba familiar pero nuevo a la vez.
A medida que el sonido se hacía más fuerte, varios de los nuevos resurgidos empezaron a gemir. Otros a gritar. Era una respuesta profunda y visceral a algo que casi recordaban. Una insinuación de lo que alguna vez habían sido.
En cuestión de segundos, la arena entera estaba absorta. Todo el mundo había olvidado el combate. Mientras la multitud se movía en armonía, la vencedora, armada con la maza, murió sobre la tierra sin que nadie se diera cuenta.
