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El Criptarca
en

Coro Único

Fusil automático · Excepcional
Una voz. Una elección. Una invitación.
Lore

El goblin vex vadeaba el lago de radiolaria con la misma determinación infalible con la que lo hacía todo; como si lo estuvieran dirigiendo, como si lo hubieran diseñado para ello. Su propia masa de radiolaria se arrastraba y se enroscaba por su cuerpo como gusanos a través del denso terreno de Nessus. La mente que lo controlaba estaba en otra parte; las grandes raíces del pensamiento enterradas en lo más profundo de su ser y de cada vex esclavizado bajo ella.

Un tenue resplandor blanco envolvía al vex hasta la rodilla. Entonces, una mano emergió para asirlo. El vex sintió la presión en el cráneo. La huella de un pulgar. Un código de activación. Datos biométricos. La radiolaria de dentro se encendió con actividad y ruido, quemando su cuerpo metálico.

Luego, se desarticuló. Estremeciéndose, se desmoronó; sus extremidades se desengancharon y su chasis se resquebrajó y se torció. El glóbulo de radiolaria se dispersó por el lago, reclamado.

Pero algo le pidió que se levantara.

Luego, se recompuso. Sus piezas se acoplaron de nuevo y se movió sin fallas. Se puso de pie e intentó mantener el equilibrio, reformado con manifiesta perfección. La radiolaria resbalaba por su cuerpo en forma de partículas que se separaban y se reformaban una y otra vez.

Cada una, una mente; cada mente, un pensamiento.

El vex sintió su propia mente dividirse mientras ese pensamiento se agudizaba en su cráneo. Una ráfaga de luz. Una intensa chispa.

Una elección.

Miró a quien lo había creado e hizo una reverencia.

Sonando