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El Criptarca
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Locus Locutus

Fusil de francotirador · Leyenda
Hablar para recordar; hablar para olvidar.
Lore

"En realidad, las cartas no pueden predecir el futuro. Solo nos ofrecen una perspectiva", explicó Eris. Estaba con Eido en el Atril de los Sortilegios, colocando cada carta con determinación. "Me vendría bien escuchar tu opinión sobre su significado".

Eido no contestó; miraba constantemente sobre su hombro, hacia el círculo ritual del centro del ateneo. Eris continuó.

"Lo que has averiguado sobre las motivaciones de Xivu Arath evitó el desastre", afirmó Eris, intentando captar su atención. "Conseguimos avisar a la reina Mara y convencer a Rasputín de su error".

Eido asintió y miró hacia la mesa. Con la punta de una de sus garras, alineó el borde de la carta de la lealtad con el de la que estaba a su lado.

"Quieres preguntarme algo", dijo Eris tras un largo silencio. Nunca había visto a Eido abstenerse de preguntar lo que se le pasaba por la cabeza, y el inusitado titubeo de la escriba le resultaba sorprendente.

"Sí", contestó Eido; luego, hizo una pausa. Cuando volvió a hablar, lo hizo susurrando. "¿Aquí es donde… tienen lugar? Tus… transformaciones".

Le costó pronunciar la última palabra.

"Sí. Donde las runas son más poderosas", respondió Eris serenamente. "Aquí y en el Olvidadero de la Reina Bruja".

Eido asintió.

"Deriva de un préstamo de un viejo idioma humano", dijo Eido recuperando parte de ese entusiasmo que a Eris le resultaba familiar. "Parece que el término original hacía referencia al lugar en el que se abandonaba a los presos a su suerte'".

"Sí, eso es".

"Y, ah…". Eido volvió a guardar silencio; no se atrevía a formular la pregunta. "¿Te… olvidas? ¿De quién eres?".

Eris respiró hondo. Durante su investigación conjunta, Eido había aprendido a no irse por las ramas.

"No", respondió Eris. "Soy yo. En todo momento".

Los ojos de Eido se abrieron de par en par. Se hizo el silencio. No había preguntas ni curiosidad. Solo la mirada sin pestañear de alguien que tenía demasiado miedo como para hablar.

"No hay nada que temer", explicó Eris, pero no sabía si eso la reconfortaría. Eido asintió y apartó la mirada.

"Por supuesto que no", contestó la escriba. "No pensaba que lo hubiera".

Eris se preguntó si los demás le habían mentido mejor.

Sonando

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