Motín de Llanto
Lanzagranadas · LeyendaLas partes se dividieron de nuevo en la cubierta ennegrecida por las bombas.
Ithyks se agachó en el nido de acero batido y retorció los cables que asfixiaban sus dependencias. Vacilante, cerró sus garras sobre la reliquia y escuchó.
El metal abollado de la nave crujía a su alrededor, con los tornillos retorciéndose ante la presión de la nada que la rodeaba. Pero no había por qué alarmarse; ella misma la había construido. Construir a partir de piezas de desguace era relativamente común entre los elixni, pero, para Ithyks, era pura vocación.
Tras el Tornado, su tripulación había ido siguiendo el rastro de escombros que naves demasiado entusiastas y poco preparadas habían dejado atrás en su persecución de la Gran Máquina. Al revisar los restos flotantes, casi parecía que el metal le hablaba. Le decía lo que deseaba ser, susurraba su destino.
Con el tiempo, ella y su nave se habían hecho fuertes con el refuerzo y el respaldo de los restos de los que existieron antes que ellas.
Pero, ahora, ese pedazo de negrura fibrosa suspendida en su nave de ónix, que seguía latiendo con una luz intermitente, le hablaba con voz propia.
Al esforzarse por oír los susurros desesperados, descubrió que las palabras le narraban su propio destino o, mejor dicho, el de todas las cosas.
Y no le gustó lo que auguraban.
