Negación Vacía
Fusil de rastreo · Leyenda"Nunca olvides lo que te han quitado".
Kethiks, el No Demostrado, había pasado tres órbitas lunares estudiando la pequeña aldea. No era el primer capitán en atacar este lugar, otros ya habían venido a matar o en busca de mano de obra, sin embargo, él y su grupo de vándalos habían venido por otra cosa.
Un portaluz vivía en la aldea, un demonio que había matado a muchos de sus amigos. El mismo demonio que había despedazado al capitán que Kethiks había reemplazado. Por eso, era su deber vengarse y saldar esa deuda de muerte. Esas eran las palabras con las que la Casa de los Demonios había enviado a Kethiks.
Para Kethiks, sin embargo, la vida de este demonio era más valiosa que la venganza. Su vida le daría gloria, la misma gloria que su padre, Ykriis, había obtenido al vencer a un portaluz en combate y hacerse con su pequeña máquina para beber de su divino éter. Pronto, esa gloria también sería de Kethiks. Pronto, su posición sería reconocida por algo más que por las circunstancias.
Los vándalos se deslizaron junto a Kethiks y atravesaron la hierba alta con silenciosa anticipación. Cuando la hierba dio paso a la tierra labrada y paredes de madera, se detuvieron a la espera de las órdenes de Kethiks. Él no pensaba lanzar ninguna bengala para anunciar su ataque. No quería darle al portaluz tiempo para prepararse.
Las escorias de la retaguardia se unieron a la incursión. Kethiks encendió una lanza de arco y la alzó contra la oscuridad de la noche. ¡Era la señal de ataque!
Los incursores descendieron esperando una defensa escasa, pero fueron recibidos por una sólida resistencia. El capitán se abrió camino hasta el centro de la aldea, en busca del demonio que lideraba las defensas. Lo vio entre el fragor de la batalla. Kethiks avanzó a zancadas y, por el camino, agarró a una humana y la arrojó a un montón de madera en llamas.
"¡Demonio!", gritó en elixni mientras blandía su lanza de arco.
Antes de que pudiera avanzar, un joven humano se interpuso desafiante entre él y el demonio. Empuñaba una espada. Kethiks lo miró, con esos aires de guerrero, chasqueó las mandíbulas con una carcajada y, de un solo golpe, tiró el arma del niño al suelo. El capitán provocó al pequeño con empujones que le hicieron perder el equilibrio. Cuando terminó de juguetear con su presa, Kethiks lo atravesó con la lanza.
Kethiks apartó la vista del pequeño humano, miró al demonio y gruñó. Se encontró con la mirada encendida del demonio. El capitán levantó la lanza para atacar…
