Reinante
Lanzagranadas · Leyenda"Nadie nace siendo kell". (Mithrax)
La Casa de la Luz no tenía barones, arcontes ni otros elixni en posiciones de poder. Por ello, le correspondía a la escriba Eido asumir los deberes de un kell en ausencia de Misraaks.
Se vio obligada a abandonar sus libros. Después de todo, había líneas de suministro que supervisar, tiendas de éter que mantener y negociaciones que llevar a cabo. Pasaba las mañanas distribuyendo éter entre las crías y las tardes negociando con la Araña. El resto del día lo había pasado escuchando las preocupaciones de la gente de su padre. Su gente.
Eido estaba saludando a un elixni solitario que había llegado hasta ella con los ciudadanos que Devrim envió desde la ZME. Temblaba con tal nerviosismo que temió que fuera a derrumbarse. Incluso en ese momento, sentados juntos en el distrito Botza y rodeados de otros elixni, seguía mirando hacia arriba, hacia la Gran Máquina. Eido no sabía si lo hacía con admiración o con terror.
"Actúo en nombre de mi padre, Kelmisraaks de la Casa de la Luz", dijo amablemente en el idioma que compartían, tratando de aliviar sus temores. "Soy Eido, la escriba de nuestra Casa".
"E-i-do", repitió el escoria. Practicó su nombre insomne unas cuantas veces hasta pronunciarlo bien. "Soy Thrysiks. No tengo Casa".
"Thrysiks. Hiciste algo muy valiente", le aseguró. "Muchos han huido de la Casa de la Salvación como tú. Cuidaremos de ti. Aquí estás a salvo".
Eido le contó cómo habían llegado a vivir en la Ciudad. Cómo fueron acogidos y protegidos. Cómo la Luz les había proveído. Cuando terminó la historia de su Casa, Thrysiks levantó los dos brazos e inclinó la cabeza. Ya no se estremecía, pero aún hablaba con voz temblorosa.
"Gracias, Keleido".
Eido bajó la cabeza. No podía contener las ganas de canturrear de alegría.
