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El Criptarca
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Susurro de Nezarec

Guja · Leyenda
"Levántate, discípulo, y porta este don con orgullo". (Rhulk, discípulo del Testigo)
Lore

Destellos de fuego de alma se arremolinan entre las protuberancias geométricas de la estasis que cubren el polvoriento suelo de la caverna y los cuerpos de los caballeros y lacayos de la colmena congelados entre los cristales. Los restos de la batalla crujen bajo las botas de Eris. Más adelante, los ángulos marcados de la pirámide lunar se alzan ante ella. Unos fantasmas rojos cuelgan en el aire como motas de polvo ante la enormidad. Se lleva el hueso de Ahamkara a los labios, Eris sopla como si apagara una vela. El mundo a su alrededor se desdibuja, se dobla y, luego,

está en otra parte.

El corazón de la pirámide. Una estatua cubierta con un velo se yergue imponente junto a Eris. Tiene una forma vagamente femenina, pero Eris no está convencida de su silueta apofenia. Vuelve a levantar su hueso de Ahamkara cubierto en fuego de alma. La estasis lo recubre, tal como ocurrió años atrás, cuando empuñó por primera vez aquel poder.

Eris se gira para examinar el enorme interior de la pirámide. Silenciosa, muerta. Se parece a la del mundo trono de Savathûn. Entrecierra los ojos, vuelve a aferrarse a su hueso de Ahamkara y

está en otra parte.

Una cámara. Cavernosa, oscura. Estatuas extrañas de minerales estratificados recubren las paredes de aquella estancia como de catedral que culmina en una entrada como un bostezo que se abre hacia una nada perpetua.

En el suelo, un trozo de metal irreconocible y cubierto por siglos de polvo llama su atención. Una guja. Eris la recoge suavemente. Unas estrías rojas iluminan la superficie y palpitan como un corazón. A pesar de que el poder de la guja es tenue y distante, una ascua de algo terrible arde en su interior.

"¿Dónde estás?", susurra Eris al aire.

No hay respuesta.

Sonando