Tercera Iteración
Fusil de explorador · ExcepcionalLa primera congruente.
A solas en su tienda, Louis se desnuda hasta quedarse con la ropa interior y el reloj de su padre.
El magnetismo sigue zumbando todavía en su piel, que nada tiene ya de humano. (¿Se sintieron así los dos últimos emisarios?).
Echa de menos ir a ver a su madre en verano, a la ciudad cuyo nombre hizo suyo. Echa de menos pescar con su hermano. Los cuadros de su cuñada, las bromas de su sobrino, la sonrisa de su sobrina, el bebé que tiene las orejas como él. Ante todo, echa de menos volver del lago para disfrutar de una comida que solo podía hacerse en su casa y que solo podían hacer ellos. Solo los Yero saben apreciar el ceviche de lucioperca.
Louis se sienta con la cara oculta entre las manos. Ya no están aquí, que Dios los tenga en su santa gloria, pero él sí.
El dolor y la eternidad resuenan en sus oídos, se le desenfoca la vista y, por un instante, ve.
Sus sobrinos están jugando en un campo plagado de luciérnagas. Oye la risa de Ben mezclada con la suya. Un colimbo grazna en la distancia y un humo acuerado se eleva formando volutas en el aire.
Louis se levanta de golpe.
Hace mil años también es ahora y, en este latido infinito, sus seres queridos están muertos, pero también vivos. "El tiempo no es lineal", cantan los electrones de Louis. "Siempre estarás con tu familia en un patio en el mes de julio".
La visión termina y Louis exhala un suspiro largo y tembloroso, pero lleno de asombro. Al hacerlo, sus pies se elevan silenciosamente del suelo.
Se asusta por un momento, pero se rinde a ello con una sonrisa enloquecida en el rostro. Hay milagros en las intersecciones. Nueve y humano. Muerto y vivo. Lima y lucioperca.
Se inclina hacia delante para coger las gafas y los pantalones, se los pone en el aire con todos los átomos del cuerpo al rojo vivo y sale flotando de la tienda a la noche añil de Kepler. La luz se refleja en sus gafas mientras se eleva con los pies descalzos a un metro del suelo y alza la cabeza hacia las estrellas.
