Teselación
Fusil de fusión · ExcepcionalEl monolito se talla; el monumento se construye.
Una vez, la nada se convirtió en algo.
Había un juego de posibilidades. Afloraron patrones que podían prosperar o fracasar, crecer o menguar —y así harían—. Y en los huecos restantes, no había nada.
Pero la nada es ausencia, definida por todas las cosas que algún día podrían ser y que, no obstante, nunca son. Es una entropía de la existencia. Que la nada se convierta en algo es tan sencillo como un bit manipulado, una mutación fortuita, una hoja caída. Cuando es, siempre ha sido, pues los castillos son menos frágiles cuando los construye algo en lugar de la nada.
Algo crece y, cuando crece, se ve.
Una vez, algo se convirtió en otra cosa.
Había un pueblo de potencial y promesa, de crecimiento galvanizado. Ante sus herramientas, su grandioso propósito, el alineamiento casual de átomos y años infinitos era como la arcilla de un escultor, que se convierte en el estatuario más sofisticado. Propósito tallado de la falta de significado; la generación fortuita del universo reconvertida en belleza, intencionalidad. Lo que no tenía sentido dejó de existir, la arbitrariedad suprimida por el arte de quien esculpe.
Algo cambia y, una vez cambiado, perdura.
Una vez, algo se convertirá en la nada.
Hay seres que fijan su propósito y dicen "hasta aquí hemos llegado". Los baluartes y los bastiones, la obstinada flor que desafiará incluso a la piedra. En estas manos, la posibilidad es una herramienta con un solo fin. Resolución, persecución, erradicación. ¿Qué potencial hay en un espacio vacío?
Todo lo que muere solo se transforma, extirpado y engullido por la naturaleza, devuelto a la metamorfosis infinita. La escisión de ese rico suelo franco de transformación requiere nada menos que una certeza perfecta.
Este es el secreto: en realidad, una reja de arado y una espada nunca han sido diferentes.
